La Maquina Sensorial (CAPITULO 4)

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La librería, aquí estaba la ciudad de Daesnai Serk, aquí se encontraba mi destino lleno de sensaciones las cuales me habrirían las puertas de las pasiones prohibidas. Eso és lo que Federico me dijo en un intento de anunciarme algo que según él resultaría un avance metafísico para la humanidad.

Aquel día me olvidé, me olvidé de recoger de la librería los libros que tanto le gustaban. Era un día lluvioso y apenas se podía caminar por las calles con aquellas botas que me regaló. No me dí cuenta de lo importante que eran hasta que pude sentir el bien que le hacían. Esos libros le consumían el tiempo en aquella silla de ruedas que lo mantenía inmerso en sus recuerdos. Hablaban de historia y de astronomía, de filosofía, de posibles caminos hacia lo inesperado, hacia la distancia de los mundos. Hablaban de su manera de intuir lo inexplicable, de su manera de saberse envuelto en la pálida sombra de un naufragio. En ellas zambullía su imaginación descubierto entre las vidas de gentes con su misma inquietud. No me di cuenta.

Dijo que no importaba, que ya había leído y consumido todas las posibilidades de que alguien llegara ha descubrir aquello que lo dejo postrado de por vida. Se quedó mirando por la ventana y dejó que me marchara sin decirle nada.

Fue la ultima vez que le vi todavía cuerdo. La ultima vez que me habló sin sus delirios los cuales le hacían pensar que yo era un ser valiente en busca del verdadero sentido de la vida. Es más murió creyendo que lo había encontrado.

Tras aquella visita no pude dejar de pensar que hubiera pasado sin aquel descuido. Se que los libros no era tan importantes como para que un hombre perdiera el juicio, pero es seguro le hubieran mantenido distraido y atrapado hasta mi siguiente visita y, tal vez, solamente tal vez, hubiera tenido la posibilidad de verle todavía en éste mundo. No me refiero a su muerte, sino a su mente.

Claro que lo vi más veces, pero no de igual manera. Federico era un hombre bueno que por un mal paso perdió toda posibilidad de avanzar en sus investigaciones. No era de los que se rinden, pero aquel accidente le robo a su fiel y amada compañera, y a el lo dejo inmóvil de cintura para abajo sin la posibilidad de meterse por si mismo en aquella maquina. Sin duda fue un duro golpe del cual solo se olvidaba con aquellos libros.

Por eso, por eso recuerdo aquel día en el que olvidé llevárselos. Quién me iba ha decir que sería el ultimo día en el que Federico me reconociera, antes de imaginarme como una especie de jefe indio que vagaba por los senderos de la existencia. De todas formas, nunca quise quitarle esa idea de la cabeza, al igual que aquellos libros, ése sentir lo mantenía despierto, valía la pena ser quien no era con tal de verlo entusiasmado.

En el fondo creo que Federico contaba lo que en otro tiempo pudo haber pasado. Siempre sospeche de que hablaba de si mismo.

Yo nunca tuve hermanos, y nunca fui a todos esos lugares. El sí que tenía hermanos, seis, y nunca se preocuparon de ir a verlo tras el accidente. Por eso no me apresure en llamarles el día que murió. De los seis él era el más inteligente, y también el más apasionado. Federico podía convencerte de que las flores mantenían conversaciones ocultas entre ellas, podía hacerte sentir que los planetas sabían de la existencia de Dios. Sus hermanos en cambio solo se dedicaban ha amasar fortuna que luego gastaban en cuatro caballos y tres bueyes. Eran gente de campo, sin apenas una vivencia la cual les hubiera dotado de algún tipo de inquietud. Federico en cambio no dejó de apasionarse por todo lo que le movía en su búsqueda.

Estaba trabajando en una especie de maquina de los sentidos o maquina sensorial. Algo relacionado con la física cuántica pero llevado al terreno sentimental. Me habló muchas veces de que las moléculas, al verse observadas, perdían su capacidad de crear formas inexplicables. Decía que las personas eran iguales. Me explicó mil veces que las moleculas se vestían de gala cuando eran libres, libres del ojo humano que las observaba. Decía que en cuanto les ponía una pequeña cámara para observar su movimiento, éstas se comportaban de una manera simple, común y poco creativa. Y que en cambio en cuanto les quitaba la camara se expandían en una especia de orgía multiple en la que el resultado era algo maravilloso. El intentaba capturar los sentimientos para poder revivirlos cuando se sintiera triste o falto de ganas. Federico era un pionero en cuestiones emocionales llevadas a la ciencia, y a la vez a la creencia de que nada era casual en el universo. Se dejo la vida en aquella idea.

Riel, su compañera, nunca dejó de corresponder en su pasión. Siempre estaba haciéndole la vida más emocionante y más plena. Siempre le mostró que creía en su proyecto. Además ella era licenciada en quimica biomolecular, así que en cierto modo se complementaban.

Aquel accidente fatal se llevo la vida de Riel, y en parte también la de Federico. Es por eso que trabajaba tanto en su maquina. Quería terminarla antes de que la enfermedad vendría a verle. Quería atrapar el sentimiento que le producía la presencia de Riel. Lo cierto es que nunca supe si lo había logrado o no. Para mí su maquina no era más que un conjunto de piezas, tuercas y cables que más bien servirían para reciclar envases metálicos o algo así. Pero según lo contaba Federico, en ella estaba toda la explicación de las emociones y del propio universo. Francamente, siempre pensé que se le iba un poco la cabeza y, que aunque no era malo, la imaginación le corría malas pasadas.

Ahora ya de nada sirve, puesto que a nadie quiso explicar sus apuntes y sus instrucciones para que algún día alguien pudiera continuar su trabajo. Decía que lo tenía todo en la cabeza, y así debía ser. Después de todo, quién era yo para juzgar a alguién tan humano e inteligente como lo era Federico. Lo recuerdo vivo y capaz. Lo recuerdo efermo de vitalidad y de asombro ante lo que quería explicar. O más bien mostrar.

Lo cierto es que lo recuerdo cada vez que vengo ha ésta librería a comprar los libros que a él le tanto le gustaban. Intento comprenderle, intento acercarme un poco más a él, a lo que le movía. Tal vez algún día pueda comprender todo lo que intentaba explicarme.

Y quién sabe, tal vez lo logró, y un día, cuando consiga hacer funcionar su maquina, encuentre sus sentimientos ahí metidos. De momemto no consigo más que enchufarla y hacer que se enciendan las lucecitas. ¿Y su alma? ¿Estaría ahí metido su ser? No estoy seguro pero, si alguien era capaz de logralo ése era Federico. No me extrañaría encontrarme su esencia en ésa maquina. Sus pensamientos y sus sentimientos unidos en una especie de archivo molecular. Suena un poco frío lo se. Demosle tiempo al tiempo.

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